No es lo que ves en internet. Es quién eres cuando lo ves
8 abril 2026
En los últimos años, hemos aprendido mucho sobre cómo usamos internet. Sabemos cuánto tiempo pasamos conectados, qué tipo de contenidos consumimos o qué riesgos pueden aparecer cuando ese uso se vuelve problemático.
Sin embargo, hay una pregunta que sigue siendo clave y que no siempre abordamos con suficiente profundidad:
¿quién está detrás de ese uso?
Nos gusta pensar que internet nos influye. Que nos expone. Que nos cambia.
Es una idea cómoda. Porque deja implícito algo tranquilizador: que el problema está fuera.
Pero ¿y si no fuera exactamente así?
¿Y si, en lugar de moldearnos, internet simplemente nos ofreciera el escenario perfecto para ser quienes ya somos… sin filtros?
En nuestro último trabajo, The Dark Side of Desire, nos acercamos a una de esas zonas incómodas donde la psicología deja de ser teórica y empieza a rozar lo inquietante: el consumo de contenido sexual online, especialmente el de carácter violento.
No todas las personas interactúan con el entorno digital de la misma manera. Y cuando hablamos de conductas sensibles, esas diferencias se vuelven imposibles de ignorar.
Partimos de una idea sencilla, pero incómoda:
para entender ciertos comportamientos online no basta con analizar lo que se hace, hay que mirar quién lo hace.
Ahí entran en juego los llamados rasgos oscuros de personalidad —maquiavelismo, narcisismo, psicopatía y sadismo—. No como etiquetas extremas, sino como tendencias que, en distintos grados, forman parte de la variabilidad humana.
No queríamos saber cuánto se consume. Eso ya lo sabemos.
Queríamos entender quién lo consume.
Y, sobre todo, qué dice eso de esa persona.
Porque no todo el mundo llega a ese tipo de contenidos por el mismo camino.
Ni se queda por las mismas razones.
Cuando se cruzan conducta y personalidad empieza a dibujarse un patrón claro: no todos los rasgos pesan igual. Algunos empujan más fuerte.
Y hay dos que destacan con una incomodidad difícil de ignorar: la psicopatía y el sadismo.
No es que lo expliquen todo.
Pero tampoco son irrelevantes.
Funcionan más bien como una llave.
Una predisposición.
Algo que hace que ciertos contenidos no solo estén disponibles… sino que encajen.
A partir de ahí, la frontera entre lo que uno busca y lo que termina reforzando empieza a difuminarse.
Porque el problema no es únicamente lo que se ve.
Es lo que se normaliza.
Es cómo cambia la forma de interpretar la agresión, la intimidad o el poder cuando la exposición se vuelve habitual.
Es cómo se ajusta, casi sin darse cuenta, el umbral de lo aceptable.
Y entonces aparece la parte realmente incómoda:
quizá no estamos ante una simple exposición, sino ante un encaje.
Un ajuste entre lo que alguien es y lo que encuentra.
De hecho, una de las ideas más interesantes que emerge es la posibilidad de un proceso bidireccional. Algunas personas pueden sentirse más atraídas por contenidos extremos o violentos. Y, al mismo tiempo, la exposición repetida puede contribuir a normalizar la agresión, reducir la empatía y consolidar ciertos patrones.
Durante mucho tiempo hemos intentado entender el comportamiento online como si fuera un fenómeno aislado, casi técnico: acceso, frecuencia, tipo de contenido.
Pero eso es solo la superficie.
Debajo hay algo más difícil de manejar: la idea de que internet no transforma a todo el mundo por igual porque no todos partimos del mismo sitio.
Algunas personas se detienen.
Otras pasan de largo.
Y otras encuentran algo que encaja demasiado bien.
Quizá por eso la pregunta relevante ya no es qué hace internet con nosotros.
Sino algo bastante más incómodo:
qué parte de nosotros encuentra en internet el lugar perfecto para mostrarse.